Lo que nos cuentan…

Gotitas de la historia…

Con todo lo que esta sucediendo alrededor de nosotros, por lo menos yo, estoy cansado de escuchar chismes y necedades sobre temas sin importancia que insisten en traer algunos radioaficionados. Quizás ustedes nuestros lectores también. Es por eso que, para hoy lunes, ya pasada la mitad del año me voy a ocupar en traerles alguna información histórica y liviana que quizás nos haga sentir en paz…

Muchos años atrás un gran pensador escribió unas líneas que me parece serán de gran interés para la radioafición. Usamos lo que publicó para confeccionar el “lunes de boricua” de esta semana:

Durante los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, la radio se fue convirtiendo progresivamente en una fuerza de atracción para los curiosos, técnicos y aficionados. Miles de fanáticos de la radio, muchos de ellos de edad escolar, fascinados por lo que parecía un milagro científico, trabajaban en sus hogares en la construcción de receptores sencillos y rústicos. No era fácil en aquella época recibir mensajes con prontitud y claridad, pero la afición apasionada los llevaba a dedicar muchas horas, y aun días a experimentar para conseguir su propósito. Era motivo de exaltación al principio oír los golpecitos distintivos de la clave Morse. El novato no descifraba con facilidad estos golpecitos. Tenía que acostumbrar su oído lenta, pero gradualmente, hasta que le eran familiares y entonces los puntos y las rayas, o sea, los sonidos cortos o largos se traducían en mensajes inteligibles. Algunos, sin embargo, encontraban muy difícil aprender la clave Morse y se impacientaban, optando por renunciar al esfuerzo.

Para el aficionado era aún más atrayente el poder construir un transmisor y enviar mensajes por las ondas hertzianas. Era un momento para el novato, cuando después de numerosos ensayos, lograba transmitir tres sonidos cortos y uno largo – la letra internacional (la “V”) con la que se hacían las pruebas de transmisión. Entonces se arriesgaba a enviar el “CQ”, la llamada general, que interpretaban todos los radioaficionados como el deseo de entablar una conversación vía radio. Estas señales eran seguidas de las letras “de” inmediatamente las letras de identificación del que transmitía o lo que era más corriente sus iniciales. Se apresuraba entonces a ajustar a sus oídos los audífonos, buscar en el cristal detector de galena, el punto sensible y esperaba ansioso las señales que indicarían que su mensaje había sido recibido. A menudo pasaban días de larga espera antes de que llegara la contestación. Un día de súbito llegaba ésta llenándolo de alegría. Ese día se iniciaba el aficionado en una vida llena de insospechadas aventuras.

Durante la guerra del 1914 cesaron los experimentos de los radioaficionados, pero luego se renovaron con aun más interés. La incesante experimentación de estos años hizo posible la radiotelefonía. Parecía maravilloso que el hombre pudiera oir la voz de sus compañeros distantes y participar de las melodías y cantos de países donde las músicas eran distintos. Más y más personas deseaban participar de esta experiencia por lo cual la venta de receptores y piezas de radio aumento rápidamente. Se hacían exhibiciones anuales de nuevos modelos de radioteléfonos. Acudían a ellas innumerables curiosos, a pesar de que tenia que pagar unos 50 centavos por entrar al espectáculo. El número de aficionados era cada día más numeroso. Se comunicaban, compraban sus equipos, formaban clubes, publicaban revistas y se unían a asociaciones organizadas para el intercambio de información, experiencias y conocimientos de la radio y para mantener el interés entre sus miembros. De todas estas asociaciones la más conocida hoy día es la “American Radio Relay League” (ARRL), cuyo organizador fue el señor Hiram P. Maxim, por cierto, el inventor del silenciador y de la ametralladora). Esta organización no comercial fue fundada en el 1914 con el propósito de mantener la fraternidad entre los radioaficionados, transmitir mensajes gratuitos para sus miembros, promover la experimentación con el fin de ayudar al desarrollo técnico de la radio, velar por el bienestar de los radioaficionados y del público y, particularmente, para defender los intereses de de los radioaficionados en materia de legislación federal sobre comunicaciones inalámbricas.

Desde sus comienzos el ARRL tuvo como su órgano oficial una revista bien conocida por todos los radioaficionados en el mundo – el QST, donde se ha llevado el récord de todos los adelantos técnicos alcanzados por los radioaficionados hasta el presente y donde se mantiene informado al lector de lo más nuevo en materia de radio.

En futuras ediciones del “LUNES DE BORICUA”, seuiremos trayendo gotitas de la historia para deleite de nuestros lectores.

Hasta el próximo lunes de boricua, 73 de

Víctor/KP4PQ